¿Qué aprendemos cuando nos acercamos a las personas?
Lucas 7:36-50.
Es mejor vivir aislados que estar cerca de la gente. Es mejor vivir lejos de aquellos que crean problemas y no tener nada que ver con ellos. Por general el pensamiento común es que es mejor estar solos, aislados y que nadie nos moleste que estar conviviendo con la gente y meterse en problemas. Sin embargo, la convivencia con las personas es una fuente de aprendizaje que no la obtenemos en ninguna escuela, sino en el diario vivir cerca de ellas.
Cuando Jesús llegó a casa del fariseo, que lo invitó a comer, en aquel pueblo vivía una mujer que tenía fama de “pecadora”, es decir, era una prostituta. Leemos que la mujer entró, se arrodilló, vació el perfume, lavó los pies de Jesús, lloró, besó a Jesús y lo ungió. ¡Impresionante escena! Impresionante para el fariseo que estaba prejuiciado, que tenía un concepto bajo de la mujer. Claro, todos pensaríamos igual porque qué podemos esperar de una mujer de esa calaña. Sin embargo, Jesús, dejó que corriera la acción, que la mujer terminara este momento especial. El no dijo nada de ella; no la condenó, al contrario la tomó como ejemplo para decirle a Simón, el fariseo, que lo que él no había realizado según las costumbres judías, lo había hecho la mujer prostituta. Fue una lucha entre los prejuicios de Simón y la compasión y el amor de Jesús. Ganó la compasión ya que la mujer fue perdonada y restituida a la sociedad al concederle Jesús el perdón de sus pecados.
Esta sigue siendo una lucha en nuestra sociedad y una actitud que tomamos muy comúnmente, nos llenamos de prejuicios contra las personas porque tienen cierta conducta, por su forma de pensar, por su forma de actuar y nos dejamos llevar, como Simón, por el prejuicio y no por la compasión y amor de Jesús. Aquí, Jesús, nos está diciendo que todas las personas tiene un valor, que no se obtiene o se pierde por vivir de determinada forma, sino porque a los ojos de Dios somos especiales y necesitamos del perdón de él. El perdón, no es necesariamente por la prostitución, sino porque ante Dios, todos somos pecadores(Romanos 3:23), y todos, absolutamente todos, necesitamos ser perdonados.
Es necesario y urgente que adoptemos la actitud de Jesús y aceptar a las personas tal y como son. No hacer distinción, ya que si hacemos acepción de personas, tomamos la actitud de Simón. Miremos a nuestro alrededor, miremos a las persona, cientos y miles andan sin dirección en busca de respuestas y soluciones a sus vidas como la mujer prostituta. No podemos seguir pensando que todo está bien, que llegará el momento oportuno para ayudar, que tenemos asuntos que realizar o que así estamos bien, sin involucrarnos con la gente. Si somos exclusivistas, somos como Simón, que no extendió la invitación a la mujer pecadora, sino solo a Jesús.
Qué aprendió Simón y todos los que estaban allí. Que cuando convivimos con lo demás y nos involucramos en sus vidas aprendemos a escuchar y observar. Nuestros sentidos del oír y ver se hacen sensibles, se habilitan ante los problemas de los demás. Hablamos menos y escuchamos más. Fue lo que hizo Jesús, no así Simón, que en su mente prejuiciada, estaba hablando demás.
Aprendemos a ser sinceros con los demás. Podemos identificarnos con las personas ya que tienen las mismas necesidades que nosotros. Simón pensó que era inmune a los problemas, al dolor, a la enfermedad, a la adversidad, pensó que no era un humano común. Por eso, Jesús, aceptó a la mujer, al ver su necesidad de perdón.
Aprendemos de la gente. Nadie nos enseña mejor de la vida que las personas. Gracias a que existe una diversidad en el ser humano, podemos aprender de todos, grandes y chico, mujeres y hombres. La gente que convive con la gente aprende por la interacción y reciprocidad. Jesús aprendió del acercamiento que tuvo con la gente.
Acerquémonos a la gente. Involucrémonos con la gente. Podemos ser agentes que proporcionemos compasión y amor a la gente necesitada. Mire a su alrededor, cientos necesitan de Jesús y su perdón. Jesús desea que nos acerquemos a los demás y que nos quitemos todos lo prejuicios.
Es mejor vivir aislados que estar cerca de la gente. Es mejor vivir lejos de aquellos que crean problemas y no tener nada que ver con ellos. Por general el pensamiento común es que es mejor estar solos, aislados y que nadie nos moleste que estar conviviendo con la gente y meterse en problemas. Sin embargo, la convivencia con las personas es una fuente de aprendizaje que no la obtenemos en ninguna escuela, sino en el diario vivir cerca de ellas.
Cuando Jesús llegó a casa del fariseo, que lo invitó a comer, en aquel pueblo vivía una mujer que tenía fama de “pecadora”, es decir, era una prostituta. Leemos que la mujer entró, se arrodilló, vació el perfume, lavó los pies de Jesús, lloró, besó a Jesús y lo ungió. ¡Impresionante escena! Impresionante para el fariseo que estaba prejuiciado, que tenía un concepto bajo de la mujer. Claro, todos pensaríamos igual porque qué podemos esperar de una mujer de esa calaña. Sin embargo, Jesús, dejó que corriera la acción, que la mujer terminara este momento especial. El no dijo nada de ella; no la condenó, al contrario la tomó como ejemplo para decirle a Simón, el fariseo, que lo que él no había realizado según las costumbres judías, lo había hecho la mujer prostituta. Fue una lucha entre los prejuicios de Simón y la compasión y el amor de Jesús. Ganó la compasión ya que la mujer fue perdonada y restituida a la sociedad al concederle Jesús el perdón de sus pecados.
Esta sigue siendo una lucha en nuestra sociedad y una actitud que tomamos muy comúnmente, nos llenamos de prejuicios contra las personas porque tienen cierta conducta, por su forma de pensar, por su forma de actuar y nos dejamos llevar, como Simón, por el prejuicio y no por la compasión y amor de Jesús. Aquí, Jesús, nos está diciendo que todas las personas tiene un valor, que no se obtiene o se pierde por vivir de determinada forma, sino porque a los ojos de Dios somos especiales y necesitamos del perdón de él. El perdón, no es necesariamente por la prostitución, sino porque ante Dios, todos somos pecadores(Romanos 3:23), y todos, absolutamente todos, necesitamos ser perdonados.
Es necesario y urgente que adoptemos la actitud de Jesús y aceptar a las personas tal y como son. No hacer distinción, ya que si hacemos acepción de personas, tomamos la actitud de Simón. Miremos a nuestro alrededor, miremos a las persona, cientos y miles andan sin dirección en busca de respuestas y soluciones a sus vidas como la mujer prostituta. No podemos seguir pensando que todo está bien, que llegará el momento oportuno para ayudar, que tenemos asuntos que realizar o que así estamos bien, sin involucrarnos con la gente. Si somos exclusivistas, somos como Simón, que no extendió la invitación a la mujer pecadora, sino solo a Jesús.
Qué aprendió Simón y todos los que estaban allí. Que cuando convivimos con lo demás y nos involucramos en sus vidas aprendemos a escuchar y observar. Nuestros sentidos del oír y ver se hacen sensibles, se habilitan ante los problemas de los demás. Hablamos menos y escuchamos más. Fue lo que hizo Jesús, no así Simón, que en su mente prejuiciada, estaba hablando demás.
Aprendemos a ser sinceros con los demás. Podemos identificarnos con las personas ya que tienen las mismas necesidades que nosotros. Simón pensó que era inmune a los problemas, al dolor, a la enfermedad, a la adversidad, pensó que no era un humano común. Por eso, Jesús, aceptó a la mujer, al ver su necesidad de perdón.
Aprendemos de la gente. Nadie nos enseña mejor de la vida que las personas. Gracias a que existe una diversidad en el ser humano, podemos aprender de todos, grandes y chico, mujeres y hombres. La gente que convive con la gente aprende por la interacción y reciprocidad. Jesús aprendió del acercamiento que tuvo con la gente.
Acerquémonos a la gente. Involucrémonos con la gente. Podemos ser agentes que proporcionemos compasión y amor a la gente necesitada. Mire a su alrededor, cientos necesitan de Jesús y su perdón. Jesús desea que nos acerquemos a los demás y que nos quitemos todos lo prejuicios.
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